La ley del monte

“Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío, entrelazadoooos…”, canta Vicente Fernández en “La ley del monte”, invocando un rito antiguo: el de dejar constancia de su experiencia existencial en el mundo.

“La ley del monte” no es solo un clásico del cancionero mexicano, sino también una metáfora de la memoria colectiva, de ese impulso y necesidad que la especie ha tenido desde sus albores: marcar su paso, dejar huella, testimoniar su existencia: desde las pinturas rupestres neolíticas, hasta a los muros grafiteados de las ciudades contemporáneas, el gesto persiste.

Incluso ahora, en plena era digital, ese acto análogo sobrevive. Es una forma de grabar energía en la materia.

Es imposible saber si esas historias florecieron o se marchitaron, pero algo queda. Quizá por ello se eligen cactus o agaves para estos ritos: son plantas que, como los corazones, cicatrizan ante cualquier laceración, sin importar su magnitud. Cada corte en su piel se vuelve una memoria endurecida, una señal de que la herida no destruye: transforma.